La división de la Iglesia no favorecía a la política de Constantino, que había conseguido unificar el imperio bajo su solo mando tras vencer a Licinio en el 324. Por ello favoreció el concilio, si bien es cierto que la predisposición de los obispos era muy alta debido a la fama y a la expansión que cobraba el arrianismo.
La historia de los primeros siglos del cristianismo es tan apasionante como complicada, pues es la historia de una serie de discusiones complejas sobre temas teológicos que afectaban directamente a la fe de los creyentes, a la estructura eclesiástica y, por tanto, a la Iglesia y a la transformación paulatina que fue sufriendo el occidente latino en los primeros siglos de nuestra era. Fruto de estas discusiones fueron los grandes concilios ecuménicos, que surgieron de la necesidad de establecer unos dogmas que permitiesen la unidad de la Iglesia y evitasen su división y la proliferación de herejías (por otro lado inevitables, como demuestra la historia). De los grandes concilios ecuménicos de la antigüedad hablaremos en este artículo del primero: el Concilio de Nicea (325).
En el artículo anterior hablábamos de Constantino I el grande, emperador de Roma desde comienzos del siglo IV (recordemos la proclamación de York y años después la batalla del Puente Milvio) hasta su muerte en el 337. Las consecuencias del imperium de Constantino fueron cruciales para el devenir del continente europeo, que mucho antes de conocerse con este nombre se conocía como Cristiandad, pues desde el Edicto de Milán (313) acordado entre Constantino y Licinio, el cristianismo y su organización y estructura eclesiástica fueron cobrando relevancia paulatinamente hasta convertirse en la fuerza de unión de los reinos occidentales surgidos tras la caída del Imperio Romano. Y estas consecuencias se debieron no solo a la paz de la que disfrutaron los cristianos durante el gobierno de Constantino, sino también a lo que esa paz produjo. Aunque durante unos años no fueron perseguidos (en ese sentido se habla de “periodo de paz”) cierto es que los cristianos vivieron momentos convulsos en el seno de su iglesia. Una nueva predicación parecía dividir el pueblo cristiano y favorecía una intensa discusión teológica: el Arrianismo. Esta predicación toma su nombre de su fundador y principal exponente, un sacerdote de Alejandría llamado Arrio (256 – 333) que defendió unos postulados diferentes a los transmitidos hasta entonces. Fundamentalmente defendió la no divinidad de Cristo, es decir, que Jesús de Nazaret, pese a ser un agente fundamental en la Revelación y en la Historia de la Salvación, una persona eminente y central, no era coeterno con el Padre, es decir, no participaba de su divinidad porque sería como aceptar la existencia de dos Dioses, lo que nos alejaría del monoteísmo. Stefano Fontana en su libro La sabiduría de los medievales nos lo explica perfectamente:
[…] el Hijo no es coeterno con el Padre ya que ha sido generado por este. Si se admite la coeternidad, se deberían aceptar dos divinidades. Hubo, por consiguiente, un momento en el que el Hijo no existía. El hijo no es de la misma sustancia que el Padre, porque generar significa crear. El Hijo es, por tanto, una criatura del Padre para que proveyera a la creación.
La división de la Iglesia no favorecía a la política de Constantino, que había conseguido unificar el imperio bajo su solo mando tras vencer a Licinio en el 324. Por ello favoreció el concilio, si bien es cierto que la predisposición de los obispos era muy alta debido a la fama y a la expansión que cobraba el arrianismo.
Finalmente, el concilio se celebró en Nicea de Bitinia, actualmente en Turquía, y es considerado como el primer concilio ecuménico de la historia debido a la participación de los obispos de todas las ciudades y lugares en los que la iglesia estaba presente. En él participaron además teólogos seguidores de Arrio y sus doctrinas y la discusión giró en torno a la divinidad de Cristo. La importancia de este concilio reside en la atestiguación por parte de los obispos fieles a Roma y el primado de Pedro de que las ideas arrianas contradecían la fe transmitida por los apósteles, es decir, aquella que fue revelada por Dios a través de su hijo Jesucristo, de la misma naturaleza que el Padre. Aunque pudiera parecer una discusión sin importancia, la celebración de este concilio, junto con el de Constantinopla, fue crucial para la historia de la Iglesia y por tanto de la Cristiandad y más tarde de Europa, como señalábamos al comienzo. La amenaza divisoria de las herejías como el arrianismo que habían estado presentes desde los primeros siglos en el seno de Iglesia impulsaron la definición de los dogmas. Es de crucial importancia comprender estos procesos de conformación y definición de los dogmas para no caer en posibles tergiversaciones o en tentaciones propias de nuestra época, como querer amoldar la Iglesia a los tiempos de manera que encaje mejor en una sociedad donde ya no quedan ni siquiera atisbos de tradicional. Como en la antigüedad, la fe de los apósteles se había ido trasmitiendo oralmente a las comunidades y pueblos, hasta que se hizo necesario dejar por escrito lo que Jesús había revelado. Así nacerían los Evangelios. El primado de Pedro basado en las escrituras y en las palabras de Cristo (“Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” Mateo 16, 13-20) hacía que en tiempo de los apóstoles todas las discusiones pasasen por él. La extensión de las comunidades cristianas y las distintas interpretaciones hicieron que, inevitablemente, los dogmas se fuesen conformando, hasta que se recogieron y dictaron en el Concilio de Nicea del 325. Es cierto que no todos los dogmas se cerrarían en este concilio (no se pronunciaron en la cuestión del Espíritu Santo, por ejemplo, que tendría que esperar hasta el primer Concilio de Constantinopla del 385, en época de Teodosio I) pero gran parte del compendio fundamental de la fe fue escrito y establecido por los padres conciliares de Nicea, siendo completado en el concilio posterior de Constantinopla donde terminaría por cerrarse el Credo que hoy se reza en todas las iglesias católicas (el llamado Credo Niceno-constantinopolitano).
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