El gigante de las letras que fue Vargas Llosa, supo contar como nadie los acontecimientos más cruentos y espeluznantes de los que se compone esto que hemos dado en llamar Historia.

“El pueblo celebra con gran entusiasmo La Fiesta del Chivo el 30 de mayo. Vamos a reír, vamos a bailar, vamos a gozar, el 30 de mayo día de la libertad”

Con estos versos de un conocido merengue dominicano interpretado por la orquesta de Antonio Morel quería comenzar la presentación del libro del gran literato Mario Vargas Llosa La fiesta del Chivo.

Sirva este sencillo artículo sobre la inmensa novela de Vargas Llosa como tributo a uno de los grandes escritores de la literatura universal reciente debido a su fallecimiento hace apenas ocho meses, en abril de este mismo año. Ensayista y escritor infatigable, el peruano Mario Vargas Llosa se ha convertido en uno de los grandes referentes de las letras contemporáneas, debido a la brillantez de su escritura y a la agudeza de sus juicios.

En el 2000 publicó la novela La fiesta del Chivo, en la que relata y entreteje tres historias diferentes que tienen como hilo conductor la dictadura y el asesinato de Rafael Leónidas Trujillo. El interés de la novela reside en que el autor nos muestra los horrores de la dictadura desde distintos puntos de vista: la historia de Urania, la psicología del propio dictador y el complot protagonizado por los asesinos de Trujillo.

El primero de los capítulos nos introduce en la historia de Urania, un personaje ficticio que inventa Vargas Llosa para simbolizar de alguna manera aquellas víctimas inocentes de la dictadura. Es probablemente, y pese a ser ficticia, la historia más dura de las tres que relata la obra, pues cuenta las vivencias de la pobre Urania, una abogada neoyorquina que vuelve a República Dominicana después de 35 años de exilio. El crudo motivo de su huida fue la entrega que su padre hizo de ella al dictador para calmar sus apetitos sexuales, cuando Urania era una cría. El padre era un estrecho colaborador del régimen que con este acto intentaba purgar la sospechas que sobre él se cernían. Podemos imaginar los traumas que arrastra el personaje desde su niñez.

El segundo de los capítulos nos introduce a Trujillo y su psicología, en los pensamientos del dictador y en las razones y justificaciones de su régimen atroz. Se incluye, por ejemplo, una conversación en la que Trujillo señala cuál fue la decisión más complicada de su mandato: el 2 de octubre de 1937, en Dajabón. Se refiere, como es sabido, a la Masacre del Perejil, en la que el Ejército dominicano asesinó en la frontera a miles de haitianos bajo el pretexto de defenderse de una posible invasión del país vecino. De esta manera, Vargas Llosa presenta a Trujillo como un personaje convencido de tener que tomar decisiones drásticas para la salvación de la patria, hasta el punto de aceptar tener que mancharse las manos.

El tercer capítulo nos introduce en la historia de los hombres que conformaron el comando que asesinaría a Rafael Leónidas Trujillo. El 30 de mayo de 1961, el coche en el que viajaba el dictador dominicano era asaltado y acribillado por un comando de rebeldes. El desenlace es por todos conocido. Terminaban 31 años de dictadura en el país caribeño. El triunfo del sistema de Trujillo residía en el hecho de que todos los dominicanos acabaron, directa o indirectamente, colaborando con él. Así lo relata en su novela el escritor Vargas Llosa a través de los pensamientos del Turco, uno de los principales conspiradores del atentado contra el dictador, hombre real y personaje en la novela. El Turco es el apodo de Luis Salvador Estrella Sadhalá, hombre que fue asesinado meses más tarde, al igual que otros participantes en el complot.

Como podemos observar en el relato del peruano, solo quien se exiliaba o quien moría podía librarse de las garras del dictador. El político nacionalista vasco Jesús de Galíndez, escribiría una tesis doctoral titulada La Era de Trujillo. Un estudio casuístico de dictadura hispanoamericana, tesis que le costaría la vida. En ella resalta lo siguiente sobre el sistema represor de la dictadura de Trujillo:

«Se logró al principio por un terror sistematizado que quebró toda posible resistencia. Se ha logrado después con un adoctrinamiento de la juventud desde las escuelas; el estudiante dominicano no sabe lo que pasa por el mundo. Se ha logrado con una prensa totalmente adulona. Se ha logrado con el espionaje constante, con la fuerza de la Policía y el Ejército. Pero se ha logrado sobre todo con la humillación constante de las personas más representativas; es rarísima la personalidad dominicana que no ha colaborado con el régimen».

La colaboración se debió al férreo control desde el Estado, especialmente a través del SIM: Servicio de Inteligencia Militar.

El aparato represor de la dictadura y el control ejercido a través del SIM, se dejan ver en algunos pasajes de la novela, como aquel en el que el dictador le pregunta al Senador Chirinos que por qué no le roba, aun sabiendo la respuesta de antemano: el miedo. El miedo fue la herramienta principal para ejercer el control total de la población.

Para terminar, quería volver sobre la figura del Turco, Luis Salvador Estrella Sadhalá. En el tercer capítulo, al comienzo de la novela, se recoge una conversación que encierra una reflexión a mi parecer muy interesante. Parece ser que no fueron únicamente los motivos políticos los que condujeron a Salvador Estrella Sadhalá a tomar cartas en el asunto del asesinato del dictador. Había también un motivo religioso, una mandado moral o divino que le empujaron a tomar la decisión de participar en el complot. Como católico, algo debía hacer. Y en la asunción de este deber moral, surge la cuestión: el asesinato de un tirano está justificado. Nos recuerda, inevitablemente, al regicidio defendido otrora por los Jesuitas, lo cual fue uno de los motivos de su expulsión en distintos países.

El gigante de las letras que fue Vargas Llosa, supo contar como nadie los acontecimientos más cruentos y espeluznantes de los que se compone esto hemos dado en llamar Historia.

Categorías: Libros

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